Parque Arauco – Rostro y figura

Texto publicado en libro "Se llama Santiago" - AOA-Escuela de Arq. UDD, 2010

Siempre he tenido la impresión de que las obras de arquitectura se pueden comparar con rostros de personas. Una obra como la Catedral de Santiago es quizá como el rostro de un obispo centenario, grave y solemne, pero de talla pequeña, ciertamente modesto. La Iglesia de San Francisco es claramente un monje de claustro, muy serio y silencioso, con su hábito opaco, que cae recto, rozando el suelo…La Moneda es como un funcionario público, eficiente y discreto. Por el contrario, la mayoría de las obras de “Sanhattan” son unas niñas adolescentes, algo vanidosas…en verdad unas preadolescentes ansiosas. Y, así, la Ciudad como conjunto puede entenderse como un mosaico de rostros, con distintas edades, personalidades e improntas.
Y bien, ¿cual será el rostro de este centro comercial, el mall Parque Arauco?
Trataremos de construir su perfil identitario a partir de 3 aspectos: edad, características físicas y personalidad.

De la Edad.

Ante todo, se trata de un rostro joven. ¿Eternamente joven? Símbolo de un Chile que adscribe desde mediados de los años 70 en un modelo de economía de libre mercado, era un neonato del modelo. Quizá su primogénito, de allí la preferencia de las gentes por este lugar. El hijo mayor de la familia. Nace por apropiación de un sitio eriazo, un “terrain vague”. La libre disponibilidad de un suelo sin herencias previas es un privilegio (¿o una maldición?) muy frecuente en estas jóvenes patrias americanas. Este rostro joven lo seguirá siendo, con retoques, por cierto, en la medida de que el modelo que lo funda siga vigente. ¿Que será de este lugar en 100, 200 años mas? Las obras de arquitectura ya no se conciben desde y hacia la Eternidad…son solo leves gestos, efímeros y mutantes.
Siendo joven, este rostro posee sin embargo la impronta de los años 80, la década en que fue concebido. Y esto es reconocible en múltiples detalles, revestimientos, pasamanos, claraboyas, que tienen algo como de un cierto entusiasmo. “Ya viene, la fuerza, la voz de los 80”, decía la canción, que desde una trinchera opuesta también expresaba la fé en el porvenir…Otros centros comerciales un poco mas antiguos (Apumanque, Omnium, con una escala mas comunal), también comparten esta característica del entusiasmo, pero pecan de “futurismo”, en el brillo de los aluminios. El Parque Arauco es mas postmoderno y se pretende por tanto mas “elegante” y “clásico”.
Las “cirugías plásticas” a las cuales ha sido sometido han logrado generar una cierta amabilidad en el conjunto, que ya no se lee como un volumen monolítico y opaco, sino que se fragmenta y abre hacia la ciudad generando amplios espacios de encuentro…¿ciudadano? No. Distensiones en lo abierto, nada mas. No son plazas. Pues el acceso tiene dispositivos de control…característica propia de una cultura urbana y un modelo fundado en la construcción de límites.

De las características físicas.

Un rostro ciertamente grande. Un tamaño abarcante y extendido, primero en forma horizontal, ahora conquistando la vertical. De la opacidad hermética original, que buscaba aislarse del entorno y conformar una envolvente autónoma, autovalente, ha pasado a incorporar la transparencia del cristal y los muros cortina de los 90-2000. Pero su identidad esencial sigue ligada al enchape de ladrillo, pesado, gravitacional, que como un maquillaje denso recubre la mayoría de los muros. Hay quizá en esto una voluntad de “modernidad apropiada”, algo culposa, muy en boga en aquellos primeros años, pues el ladrillo remite al suelo, a la materia tectónica…y también al sobrepeso, por cierto…
Recuerdo una visita que hice de niño a este lugar. Siendo de provincia, el viaje a la capital siempre revestía un carácter solemne e inhabitual. La solemnidad adquirió el carácter de peregrinación, al contemplar gradualmente desde la lejanía este gran volumen que se recortaba contra un contexto aún desierto. Me impresionó su carácter de “bunker monumental” un poco metafísico, irreal, posado en una gran explanada. Ya entonces me gustaban esas cosas…corría el verano del año 1985.
Al ingresar al interior, largos pasillos, la opresión de un espacio sin cielo (¡), plenamente realizado en la voluntad de conformar un paisaje interior, artificial, de clima controlado. Áreas aún no habilitadas, tiendas que ya no existen, etc. Pero ante todo, mi fascinación infantil por lo novedoso, por sentir que estaba en un lugar que evocaba un mundo nuevo, en ciernes. “(…) La fuerza, la voz de los 80”…
Al igual que los autos y los rostros, este lugar ya pasó esa etapa de “rodaje”, y ya está curtido por el paso del tiempo. Los enchapes de ladrillo están en algunas zonas manchados por las sales y la corrosión, y el volumen se ha pormenorizado con instalaciones de sistemas no previstos en el proyecto original. Ductos de ventilación, chimeneas, cables y descargas que, al igual que venas o tripas, se desbordan del interior y avanzan indolentes por las superficies de ciertos muros, por los cielos de los subterráneos…es que en un espacio en que prevalece lo múltiple como signo y destinación, estas cosas tienen perfecta cabida, junto con los letreros luminosos, los reflejos de las vitrinas, el brillo de los neones. "Learning from Las Vegas"…ciertamente, complejidad y contradicción son el eros y el ethos de esta época.
Pero no se puede hablar del espacio arquitectónico sin considerar al habitante como parte integral de la experiencia visual del conjunto. Y en un mall comercial el habitante-consumidor es una variable fundamental. Y aquí esplende la imagen de la procesión incesante de los cuerpos, que fluyen en recorridos marcados por el deambular. Deambular es: recorrer el espacio en arabescos y trayectorias no necesariamente lineales, en un ritmo que alterna el avance y la detención. Es el sentido del paseo. Es evidente que muchas personas van a pasear al mall. A ver y ser vistos. Por ello, cuesta ser solo espectador aquí. Pues no hay distanciamientos ni lejanías interiores, y todo se juega en la inmediatez…no hay posibilidad de retiro ni ocultamiento, ni siquiera en los baños. Característica de una época jugada en la plena visualidad, y el control panoptico del espacio a través de las transparencias y los dispositivos electrónicos de vigilancia. Las escaleras mecánicas son una “pasarela inclinada” en que se exhiben los cuerpos, como modelos…las escaleras de emergencia, como remansos del flujo, son un silencio necesario, en el cual aún es posible encontrarse “cara a cara” con el otro.

De la personalidad

Un rostro no es solo el conjunto de los rasgos físicos que lo componen, sino también la expresión de un alma que a ellos subyace. ¿Cual es la personalidad, el alma de este lugar? Si en una iglesia el alma tiene que ver con el silencio y la luz, como medios que propician el acto de la introspección y el encuentro con el espíritu, un mall comercial como el Parque Arauco podría perfectamente ser su antítesis. No Silencio, sino ruido (visual, auditivo, etc), y no Luz (como materialización de un principio incorpóreo y sutil), sino brillo y reflejo. Se trata de un espacio que, consecuente con su propósito esencial (el arquetipo del mercado de intercambio), se juega en la exteriorización y la apariencia especular, la transacción dinámica y el movimiento. El silencio es palpable en este lugar solo al anochecer, en las largas jornadas de aseo y restauración que realizan anónimos trabajadores, que “recomponen una escenografía”, recorriendo los mismos lugares que durante el día se llenan de movimiento y actividad incesante. Pero es un silencio entendido como ausencia, no como plenitud. En esas jornadas, entre medianoche y madrugada, es posible quizá sentir, por fin, el eco de los pasos…pero el amanecer nos devuelve, día tras día, la pérdida del eco, y la gradual disolución del espectador silencioso en una masa de actores insertos en esta escenografía, llenos de alegría… y quizá también con algo de angustia.

Siente nostalgia el metal... Y pretende
huir de las monedas y las ruedas
que le enseñan una pequeña vida.
Y saliendo de fábricas y cajas
volverá a las venas
de los montes abiertos,
que se cierran detrás de el.

R. M. Rilke